La ama de llaves
Domingo 12:00 a.m.
Jenaro salía de su casa para ir a cualquier sitio, cruzó el asfalto y encaminose entre las ajetreadas filas de coches hasta pararse a cualquier altura, miró a su izquierda, miró a su derecha por encima de la mole de vehículos y en su rostro se dibujo la expresión de lo incompresible, mirando extrañado a su alrededor, maldijo rabioso. Maldijo primero con enfado y terminó envuelto en ira, como el diablo que ríe entre fuegos.
Una mañana cualquiera, en un país libre, uno tenia total libertad para decidir lo que hacer con su vida y el… el solo quería largarse de allí y algo, alguien se lo estaba impidiendo. 
¿Quién podía ser tan egoísta dejando su coche tras el mío sin darme opción a salir? Ya dentro del coche, golpeó el volante… se ensimismó y comenzó a desesperar. Bajo el sol castigador el aburrimiento lo llevo por excéntricos derroteros para ser un domingo por la mañana, la imaginación le insinuó macabros ideas ¿y si tuviera un accidente o me amputara una oreja y tuviera que ir urgentemente al hospital? no me daría tiempo a esperar a los servicios de emergencia… la persona que ha obstruido la salida de mi coche, puede convertirse en la autentica culpable de mi muerte… en mi autentica asesina, ¿no se planteó eso cuando dejó el coche? ¿Qué desaprensivo me dejaría desangrar sentado en mi coche bajo el sol? si lo tuviera aquí delante, le mearía encima. Este último pensamiento lo hizo sonreír cruelmente mientras tocaba el claxon. Las palomas escamparon, el ruido manchó el aire.
Después de diez minutos insoportables, Mabel se sumergió bajo el edredón sin conseguir evadirse de aquel tormento acústico ni reanudar el sueño que durante tanto tiempo había anhelado “¿Qué tipo de persona es capaz de atentar contra mi sueño? Llevo casi una semana trabajando, solo tengo un día para dormir y alguien, un desaprensivo, me priva de mi derecho, a este paso voy a acabar loca… ¿no es consciente de que puede minar mi salud emocional?”. Se pasó largo rato mirando al techo entre pensamientos retorcidos y la impaciencia derrumbó su civismo. Inmersa en el mal humor que caracterizaba sus malos despertares y cargada de buenas razones se encaminó con los pies descalzos hasta el balcón, abrió la puerta e indicole al energúmeno mediante gestos que iba a bajar.
Jenaro casi al borde de un ataque de nervios vio como una joven rubia a medio vestir le indicaba que esperase zarandeando un manojo de llaves “¿ahora como le planteo la situación para que se sienta culpable y nunca jamás vuela a hacer esto?” pensó viendo que se acercaba el momento de la verdad “se merece que le pinchen la ruedas del coche… desaprensiva”. Mabel, armada con mucho más que rabia, se enfundó en la bata amarilla que portaba su nombre bordado sobre el pecho y bajó uno a uno los escalones hasta salir del portal. Desde el coche, Jenaro, observaba la que podría haber sido su asesina, mirándola fríamente a los ojos con soberbia ya estaba meditando la merecida y cruel reprimenda con la que iba a obsequiarla. Esta, cruzó con zapatillas de estar por casa el parque que los separaba raspeando la hierba, se apostó junto a la ventanilla y cuando se hubo bajado la ventanilla, casi en un segundo, encañonó al individuo e hizo fuego sobre su cara apartando la mirada; la sangre salio disparada tamizando los coches próximos. Retrocedió sobre sus pasos y ya una vez de nuevo en la cama, manchada de sangre, se alegro de haber defendido su derecho a descansar.
Una mañana de domingo en la que yo me iba a una reunión, había tenido un desayuno de infarto por el ruido que había en la calle y para colmo cuando bajé: me percate de que mi vehículo, que estaba entorpeciendo el paso a un coche, estaba todo manchado de sangre. El dueño del vehículo bloqueado ni corto ni perezoso, se había disparado a los sesos para mancharme el coche de sangre en vez de esperarse. Su brazo aun colgaba inerte por la ventanilla, indignado y en todo mi derecho le quite el reloj que relucía en su muñeca y seguidamente oriné sobre su mano esbozando en mi rostro una cruel sonrisilla.
Cada vez que cuento lo que allí sucedió, no entienden mi reacción. Nadie tiene derecho a suicidarse a propósito cerca de mi coche, si tenía prisa, que hubiera pitado.
Es indignante, el mundo esta lleno de desaprensivos.
N. del A.: Pensaréis que soy repugnante… por supuesto, estoy en mi derecho.


susset dijo
En fin, otro mas que meto en el blog.
Me senté queriendo plasmar una idea que, a la postre, no se ni siquiera si existe dentro del texto. Dire que me sirvió para hacer una pequeña reflexión sobre los derechos de cada uno, sobre el egoismo humano y la inmundicia que corre por la venas.
¿Que por qué no me ahorro esos detalles repulsivos?... soy así, y como ya dije: estoy en mi derecho.
Este es un escrito que viene a ser como un pedo enorme de estos que te sorprenden recién levantao: o lo expulsas o revientas.
Doncs xikets, que no soy Borges esta claro, pero bueno, por lo menos es gratis.
8 Marzo 2006 | 06:11 PM