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La Coctelera

Mi perro es inmortal

Un pequeño legado de mis papeles

Categoría: fabulosas fabulas

18 Febrero 2006

Perfidia

Esta historia es la historia de una dama y señora que jamás llego a comprender.
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El sol salió por primera vez para ella cualquier día, hace ya... casi ni lo recuerdo; no fue novata en esto de vivir.
Sin contar su primer día, ya supo, al notar la maravilla de la vida en su interior, que quería sentir eso el resto de su vida. Quería dar la misma vida que hoy la hacía irradiar alegría.
“Quiero ser madre” pensó.
“Y amar el resto de mis días a quienes de mi vientre provengan.
Quiero darles cuanto les sea necesario para que tengan el mismo privilegio que, sin saber muy bien por qué, hoy tengo yo.
Quiero que, al igual que yo puedo hacer ahora, ellos respiren este aire lleno de aromas que me rodea y adviertan el cálido halago del sol acariciándoles la piel...
Quiero... vivir para eso.
Quiero darles mi más preciado don, para que puedan pensar: Soy feliz porque me dieron la capacidad de sentir... el privilegio de vivir.”

Y así entre esfuerzos e ilusiones llenó de hijos su morada.

Pasaron muchos años y los años trajeron cambios.

Cada uno siguió su rumbo; se independizó la mayoría. Entre los hermanos, los habían algunos mejor desarrollados que otros. A estos les gustaba la idea de heredar algún día todas las tierras que pertenecían a su madre. Los otros, simples a la par que felices, vivían con los pies en el suelo, de una forma sencilla y agradecida...

Poco tiempo tardaron los primeros en olvidarse de su ombligo y disolvieron los lazos familiares por completo. Su mente se les reveló capaz de dominarlo todo.

Aun después de la indiferencia demostrada hacia ella, su madre jamás los dejó solos. Les dio alimento y motivos para vivir.

Mientras sus hermanos seguían fieles a sus raíces y desarrollaban vínculos afectivos entre ellos…, estos desarrollaron la codicia y la codicia les hizo desear la luna.

Reflexionaron mucho tiempo sobre el tema; entretanto vivían a expensas de la madre.
Y por fin llego el día en que idearon un artilugio capaz de alcanzarla.

Era increíble.
Tan solo había un inconveniente. Un inconveniente que acarreaba un serio dilema moral para cualquier ser vivo.
El único combustible capaz de hacer funcionar la criatura metálica eran unas gotas de la sangre de su madre.
No lo dudaron ni un segundo; la atacaron como fieras salvajes,
como fieras irracionales.
Lo hicieron en contra de la gran mayoría de sus congéneres que se vieron impotentes sin los sofisticados artilugios de muerte ingeniados por sus hermanos.

Después de que esta horrible máquina les llevara a pisar la luna, idearon una infinidad más. Todas ellas alimentadas por el mismo combustible en menor o mayor medida.

Día tras día, invento tras invento... la madre se fue debilitando.
Quien remansó en felicidad, hoy yacía en amargura.
Yo la pude ver.

Todo esto que os narro es cierto.

Me ocurrió un día que, tras seguir un reguero de gotas de sangre en el suelo, encontré una cumbre en la que una mujer de extrañas vestiduras abrazaba un árbol con el que parecía fundirse en su savia...

Mi mente escéptica aún no cree haber visto tal momento.
Al verla, sentí como la poesía perdía sentido más allá de su figura.

Mirando al árbol dijo sus últimas palabras antes de desfallecer sobre la hierba...

- ¿Por qué?... ¿Por qué? …!!! Dímelo tú. ¿Por qué son mis propios hijos los que tengo que ver odiando mi existir? ¿Por qué? Si yo les di la vida, los alimenté y cobijé. ¿Por qué me atacan con su codicia?
La perfidia apuñala mis recuerdos... ya no los puedo querer como míos.
No imaginas lo sola que me siento.

Al recordar todos y cada uno de sus abrazos me siento más traicionada que nunca; ahora sé que no lo hacían con amor.
Me quedan pocas razones por las que luchar; no sé hasta cuando querré seguir respirando...

Al escucharla, sin dudar la increpé.

- No es solución la muerte, piensa en tu familia. No seas egoísta.
- ¿Egoísta me llamas? – dijo despacio mientras entristecía su rostro.

Habló como si me conociera… aquello me desconcertó.

-Tú que jamás me demostraste amor y, más aún, arremetiste contra mí.
Tú que no moviste un dedo cuando veías como tus hermanos acababan con mi vida...
Me habéis hecho sufrir; he llorado mucho por vuestra crueldad.
Hijo mío… me habéis hecho odiar mi propia vida porque de ella surgieron las vuestras.

Señaló su rostro con un dedo.

- Con esta lágrima que resbala por mi mejilla se escapa mi último hálito de vida.
Me voy, y lo hago lamentando mi último deseo:

Si existe una próxima vida…
No quiero volver a llamarme Tierra.

P.D.: Os querré siempre a pesar de todo.

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Nunca llegué a saber quién era esa mujer ni qué pretendía llamándome “hijo”.
Aunque lo cierto es que, desde que murió…

Noto que me falta algo.

http://es.youtube.com/watch?v=NiKSu0K1a9w

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